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  • sandraalvaradocsm

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo


¿Somos gente buena o gente mala? Muchos de nosotros nos identificaríamos fácilmente con nuestro lado bueno. Puede que de vez en cuando, somos impacientes, egoístas o mentirosos; ¿a poco no? Pero básicamente, somos personas honestas, decentes y trabajadoras que no desearíamos hacer algo criminal o moralmente incorrecto. Somos fieles a nuestras familias y a los compromisos que realmente importan. Aquellos de nosotros que somos más lentos para defender nuestro lado bueno puede que suframos de ser escrupulosos, con la tendencia a encontrar defectos en nosotros mismos culpándonos de todo sin objetividad. La conclusión es que la mayoría de nosotros, en nuestro corazón creemos que somos fundamentalmente del lado de las ovejas y no de los cabritos en el análisis final conocido como Día del Juicio Final.


¿Con qué medida llegamos a esta conclusión? Tal vez nos comparemos con el desempeño de nuestros vecinos diciendo: "Nunca trataría a mis hijos así; o mi perro, o mi césped. Nunca usaría ese tipo de lenguaje, ni mostraría tanta ira, ni sería tan irresponsable con el dinero o mi trabajo". Este tipo de comparaciones pueden hacernos sentir justos, pero esto nos dice muy poco acerca de cómo podríamos vernos ante Dios.


Algunos de nosotros también podemos estar usando el criterio de los Diez Mandamientos o las leyes de la iglesia o incluso las leyes civiles, para evaluar nuestra virtud personal. Si hemos cumplido con estas obligaciones y nos hemos abstenido de romper estas prohibiciones…, ¿no será esto suficiente como para entrar en la puerta celestial? Si el cielo fuera un juego para ganar, tal vez. Pero Jesús amplió los criterios para sus seguidores cuando nos dio el Mandamiento de Amor, el cual es un principio más alto y vinculante que la observancia mínima de las leyes morales. Cuando hemos cumplido cada letra de las reglas, sólo hemos sentado las bases para un estilo de vida de amor.

Si queremos la misericordia de Dios, tenemos que convertirnos en la misericordia de Dios. Es una fórmula muy simple, y ahora es el momento adecuado para ponerlo en práctica.

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